Las siete palabras

Primera palabra

¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!

Cristo Jesús, el Verbo del Padre Eterno, de quien el mismo Padre había dicho ¡Escuchadle!, quien había dicho de sí mismo ¡Porque uno solo es vuestro Maestro!, para realizar la tarea que había asumido, nunca dejó de instruirnos. No solamente durante su vida, sino incluso en los brazos de la muerte, desde el púlpito de la Cruz, nos predicó pocas palabras, pero ardientes de amor, de suma utilidad y eficacia, y en todo sentido dignas de ser grabadas en el corazón de todo cristiano, para ser ahí preservadas, meditadas, y realizadas literalmente y en obra.

Su primera palabra es ésta: ¡Y dijo Jesús: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen! Plegaria que, aun siendo nueva y nunca antes escuchada, quiso el Espíritu Santo que sea predicha por el Profeta Isaías en estas palabras: ¡e intercedió por los transgresores!

Segunda palabra

¡Amén, yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso!

La segunda palabra pronunciada por Cristo en la Cruz fue, según el testimonio de San Lucas, la magnífica promesa que hizo al ladrón que pendía de una Cruz a su lado. La promesa fue hecha en las siguientes circunstancias. Dos ladrones habían sido crucificados junto con el Señor, uno a su mano derecha, el otro a su izquierda, y uno de ellos sumó a sus crímenes del pasado el pecado de blasfemar a Cristo y burlarse de él por su carencia de poder para salvarlos, diciendo: ¡¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros! De hecho, San Mateo y San Marcos acusan a ambos ladrones de este pecado, pero es lo más probable que los dos Evangelistas usen el plural para referirse al número singular, según se hace frecuentemente en las Sagradas Escrituras, como observa San Agustín en su trabajo sobre la Armonía de los Evangelios.

Más aún, ni San Mateo ni San Marcos son tan explícitos con respecto a este punto como San Lucas, que dice de manera muy clara, ¡Uno de los malhechores colgados le insultaba!

Ahora bien, incluso concediendo que los dos vituperaron al Señor, no hay razón para que el mismo hombre no lo haya maldecido en un momento, y en otro haya proclamado sus alabanzas.

Tercera palabra:

¡Ahí tienes a tu hijo; Ahí tienes a tu madre!

La última de las tres palabras, que tienen una referencia especial a la caridad por el prójimo, es: ¡Ahí tienes a tu hijo; Ahí tienes a tu madre! Pero antes que expliquemos el significado de esta palabra, debemos detenernos un poco en el pasaje precedente del Evangelio de San Juan: ¡Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Clopás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: "Mujer, ahí tienes a tu hijo". Luego dice al discípulo: "Ahí tienes a tu madre". Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa! Dos de las tres Marías que estaban de pie cerca a la Cruz son conocidas, a saber, María, la Madre de nuestro Señor, y María Magdalena.

Cuarta palabra:

¡Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado!

Hemos explicado en la parte anterior las tres primeras palabras que fueron pronunciadas por nuestro Señor desde el púlpito de la Cruz, alrededor de la hora sexta, poco después de su crucifixión. En esta parte explicaremos las cuatro restantes palabras, que, luego de la oscuridad y el silencio de tres horas, proclamó este mismo Señor desde este mismo púlpito con fuerte voz. Pero primero parece necesario explicar brevemente cuál, y de dónde, y para qué surgió la oscuridad que existió entre las tres primeras y las últimas cuatro palabras, pues así dice San Mateo: ¡Desde la hora sexta hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora novena. Y alrededor de la hora novena clamó Jesús con fuerte voz: "¡Elí, Elí! ¿lemá sabactaní?", esto es: "¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?"! Y esta oscuridad surgió de un eclipse de sol, tal como nos lo narra San Lucas: ¡Se eclipsó el sol!, dice.

Son varias las razones dadas por las que Dios deseó estas tinieblas universales durante la Pasión de Cristo. Hay dos especiales entre ellas. Primero, para mostrar la verdadera ceguera del pueblo judío.

Quinta palabra:

¡Tengo sed!

La quinta palabra que encontramos en San Juan es ¡tengo sed! Pero para entenderla tenemos que añadir las palabras precedentes y subsiguientes del mismo evangelista. ¡Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: "Tengo sed". Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca! El significado de estas palabras es que nuestro Señor deseaba realizar todo lo que sus profetas, inspirados por el Espíritu Santo, habían predicho sobre su vida y muerte. Ya todo se había realizado, excepto el haber mezclado hiel con lo que iba a beber, de acuerdo a lo que está en el salmo sesenta y nueve: ¡Veneno me han dado por comida, en mi sed me han abrevado con vinagre! Por eso, para que la Escritura se realice, es que gritó con fuerte voz: ¡Tengo sed!

Nuestro Señor sufrió desde el comienzo de la crucifixión una sed de lo más dolorosa, y esta sed siguió creciendo, de tal forma que se convirtió en uno de los dolores más intensos que tuvo que soportar en la Cruz, pues el derramamiento de una gran cantidad de sangre seca a la persona, produciendo una violenta sed.

Sexta palabra:

¡Todo está cumplido!

La sexta palabra dicha por Nuestro Señor en la Cruz es mencionada por San Juan como ligada de alguna manera a la quinta palabra. Pues tan pronto como Nuestro Señor había dicho ¡Tengo sed!, y había probado el vinagre que le había sido ofrecido, San Juan añade: ¡Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: "Todo está cumplido"! Y en verdad nada puede ser añadido a estas sencillas palabras: ¡Todo está cumplido!, excepto que la obra de la Pasión estaba ahora perfeccionada y completada. Dios Padre había impuesto dos tareas a su Hijo: la primera predicar el Evangelio, la otra sufrir por la humanidad. En cuanto a la primera ya había dicho Cristo: ¡Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar! Nuestro Señor dijo estas palabras luego de que había concluido el largo discurso de despedida a sus discípulos en la última cena. Ahí había cumplido la primera obra que su Padre Celestial le había impuesto. La segunda tarea, beber la amarga copa de su cáliz, faltaba aún.

Cristo al momento de su muerte podía entonces exclamar: ¡Todo está cumplido, pues he apurado el cáliz del sufrimiento hasta lo último, nada nuevo me espera ahora sino morir! E inclinando la cabeza, expiró.

Séptima Palabra:

¡Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu!

Hemos llegado a la última palabra que Nuestro Señor pronunció. En el momento de la muerte de Jesús, ¡dando un fuerte grito, dijo, "Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu"! Explicaremos cada palabra separadamente. ¡Padre! Merecidamente llama a Dios su Padre, pues él era un Hijo que había sido obediente a su Padre incluso hasta la muerte, y era propio que su último deseo, que con seguridad iba a ser escuchado, sea precedido por tan dulce nombre. ¡En tus manos! En las Sagradas Escrituras las manos de Dios significan la inteligencia y la voluntad de Dios, o en otras palabras, su sabiduría y poder, o también, la inteligencia de Dios que conoce todas las cosas, y la voluntad de Dios que puede hacer todas las cosas. Con estos dos atributos como manos, Dios hace todas las cosas, y no necesita ningún instrumento en el cumplimiento de su voluntad. San León dice: ¡La voluntad de Dios es su omnipotencia!

¡Te encomiendo! Entrego a tu cuidado mi vida, con la seguridad de que me será devuelta cuando venga el tiempo de mi resurrección. ¡Mi espíritu!

Ordinariamente la palabra espíritu es sinónimo de alma, que es la forma substancial del cuerpo, pero puede significar también la vida misma, pues respirar es el signo de la vida.